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¿Parecido a la Tierra primitiva? Detectan indicios de atmósfera en un exoplaneta de lava

HD 3167 b se encuentra a 154 años luz y completa una órbita en menos de un día terrestre. El hallazgo, realizado con observaciones del telescopio James Webb, ofrece pistas sobre cómo pudieron ser los primeros millones de años de nuestro planeta.
A más de 150 años luz de la Tierra existe un mundo rocoso donde las temperaturas son tan extremas que parte de la superficie podría estar fundida. Se llama HD 3167 b y, aunque está muy lejos de ser un lugar habitable, se ha convertido en una pieza interesante para estudiar la evolución de los planetas rocosos.
Un equipo encabezado por el investigador de la Universidad de Chicago Brandon Park Coy encontró indicios sólidos de que este exoplaneta ultracaliente podría conservar una atmósfera. El resultado se publicó en julio de 2026 en The Astrophysical Journal Letters y fue difundido posteriormente por la propia universidad. La evidencia se obtuvo mediante observaciones del telescopio espacial James Webb.
El descubrimiento no significa que HD 3167 b sea igual a la Tierra ni que pueda albergar vida. Su interés está en otra parte: estudiar un mundo extremo podría ayudar a reconstruir algunas de las condiciones que existieron cuando la Tierra era joven y su superficie todavía podía estar cubierta por un océano de magma.
Un año que dura menos de un día terrestre
De acuerdo con la Universidad de Chicago, HD 3167 b se encuentra a unos 154 años luz de distancia, en la constelación de Piscis. Es una supertierra rocosa —un planeta más grande que la Tierra, pero no necesariamente parecido a ella en sus condiciones— y completa una vuelta alrededor de su estrella en aproximadamente 0.96 días terrestres.
La cercanía a su estrella lo convierte en un mundo extremadamente caliente. El estudio calcula una temperatura de equilibrio aproximada de 1,786 kelvin, equivalente a unos 1,513 grados Celsius. En esas condiciones, el lado que recibe directamente la radiación estelar podría tener roca fundida, motivo por el que este tipo de cuerpos recibe el nombre de “mundos de lava”.
La investigación describe un radio de alrededor de 1.6 veces el terrestre. Esa medida se refiere al tamaño del planeta; no debe confundirse con su masa. Las características exactas de su interior y de su atmósfera siguen siendo objeto de estudio.
¿Cómo detectaron la posible atmósfera?
Los científicos utilizaron el instrumento MIRI del telescopio James Webb para medir la radiación infrarroja del planeta durante un eclipse secundario: el momento en que HD 3167 b pasa detrás de su estrella visto desde la Tierra. Al comparar la luz del sistema antes y durante ese ocultamiento, pudieron estimar cuánta radiación infrarroja provenía del propio planeta.
El resultado fue más tenue de lo que se esperaría de una roca desnuda que absorbe gran parte de la energía estelar y alcanza su temperatura máxima posible. Según el artículo científico, la señal observada fue de 38 partes por millón, con un margen de incertidumbre de 11 partes por millón. Esa diferencia respalda la hipótesis de que existe una atmósfera que enfría el lado diurno al reflejar parte de la luz o redistribuir el calor hacia el lado nocturno.
Como explicó la Universidad de Chicago al presentar el estudio, una atmósfera puede transportar energía de un hemisferio a otro y, si contiene nubes reflectantes, devolver al espacio una parte de la radiación recibida. Ambas posibilidades podrían explicar por qué el lado iluminado de HD 3167 b parece más frío de lo que se esperaría en una superficie sin atmósfera.
Todavía no se conoce de qué está hecha
Una de las preguntas principales sigue sin respuesta: ¿qué gases componen la atmósfera de HD 3167 b? Los datos actuales no permiten determinar su composición con suficiente precisión. Los investigadores consideran posibles escenarios con gases procedentes de roca vaporizada y también estudian si podrían estar presentes moléculas más pesadas, como dióxido de carbono, monóxido de carbono o vapor de agua.
La Universidad de Chicago señala que serán necesarias nuevas observaciones para conocer mejor la atmósfera. El equipo espera utilizar futuras mediciones, entre ellas observaciones espectroscópicas, para buscar señales que permitan distinguir entre las distintas composiciones posibles.
¿Qué tiene que ver con la Tierra primitiva?
La relación con nuestro planeta está en sus primeros capítulos. Durante la formación del sistema solar, los cuerpos rocosos chocaron entre sí y liberaron enormes cantidades de energía. Ese proceso contribuyó a que la Tierra temprana atravesara una etapa en la que buena parte de su superficie pudo permanecer fundida, conocida como la etapa del océano de magma.
Estudiar mundos de lava permite poner a prueba modelos sobre cómo se enfrían los planetas, cómo se forman sus primeras atmósferas y cómo pueden conservarlas pese a la intensa radiación de sus estrellas. En ese sentido, HD 3167 b funciona como una ventana indirecta a procesos que pudieron ocurrir en la Tierra hace miles de millones de años.
La comparación, sin embargo, tiene límites. HD 3167 b orbita muy cerca de su estrella y soporta temperaturas extremas, por lo que no es una réplica de la Tierra joven. Los científicos lo estudian como un laboratorio natural para comprender la física y la química de los planetas rocosos, no como una copia exacta de nuestro pasado.
¿Podría existir vida allí?
Con la información disponible, HD 3167 b no se considera un candidato favorable para la vida tal como la conocemos. Las temperaturas estimadas son demasiado altas para que exista agua líquida estable en la superficie y para que los organismos conocidos sobrevivan en esas condiciones.
Aun así, el estudio de este planeta puede ayudar a los astrónomos a comprender qué permite que algunos mundos rocosos mantengan una atmósfera y otros la pierdan. Esa pregunta sí es relevante para la búsqueda de planetas potencialmente habitables en otros sistemas estelares.
Un hallazgo que abre nuevas preguntas
La detección de indicios atmosféricos en HD 3167 b no resuelve todavía el misterio de cómo se forman y sobreviven las atmósferas en los planetas más calientes. Pero ofrece un punto de comparación para futuras investigaciones y amplía la lista de mundos que el James Webb puede estudiar con detalle.
Aunque el planeta sea inhóspito, observarlo permite acercarse a una pregunta fundamental: cómo evolucionan los mundos rocosos desde sus primeras etapas, cuando el calor domina su superficie, hasta convertirse —en algunos casos— en lugares capaces de mantener condiciones más estables.