Huamantla, Tlaxcala, Pueblo Mágico de profundas tradiciones, vive esa noche una de sus celebraciones más entrañables: La Noche que Nadie Duerme, dedicada a Nuestra Señora de la Caridad, patrona de la población.
Las calles dejan de parecer calles. Frente a las casas aparecen costales de aserrín teñido, flores, semillas, plantillas, cubetas y manos que trabajan con una paciencia casi ceremonial. Familias enteras se agachan sobre el piso para dibujar figuras, combinar colores y corregir hasta el último detalle.
Todavía faltan horas para que pase la Virgen.
Pero nadie quiere dejar nada al azar.
Huamantla, Tlaxcala, Pueblo Mágico de profundas tradiciones, vive esa noche una de sus celebraciones más entrañables: La Noche que Nadie Duerme, dedicada a Nuestra Señora de la Caridad, patrona de la población.
Y el nombre no tiene nada de exagerado.
Esa noche, verdaderamente, nadie duerme.
No duermen los vecinos, que trabajan durante horas preparando y retocando los tapetes que cubrirán buena parte del recorrido de la procesión. No duermen las familias que esperan frente a sus casas. No duermen los peregrinos. Tampoco los miles de visitantes que recorren las calles contemplando cómo, lentamente, la ciudad se convierte en un enorme lienzo de colores.
Algunos diseños son geométricos. Otros reproducen flores, símbolos religiosos o imágenes de extraordinaria complejidad.
Vistos desde cierta distancia parecen pinturas.
Pero están hechas en el suelo.
Y tienen una particularidad que las hace todavía más hermosas: nacieron para desaparecer.
Cerca de la medianoche cambia el ambiente.
Las conversaciones disminuyen, las miradas comienzan a dirigirse hacia el mismo sitio y, finalmente, aparece la imagen de Nuestra Señora de la Caridad.
La Virgen sale de su basílica.
Empieza entonces un largo recorrido por las calles de Huamantla, entre oraciones, música, campanas y fuegos artificiales.
Delante de ella se extienden kilómetros de tapetes preparados durante horas. Y conforme avanza la procesión ocurre aquello que quizá resulte incomprensible para quien contempla por primera vez esta tradición.
La Virgen pasa sobre ellos.
Detrás quedan colores mezclados, flores dispersas y el recuerdo de una obra que apenas unos minutos antes parecía perfecta.
Nadie protesta.
Nadie intenta conservarla.
Porque justamente para eso fue creada.
El tapete no es solamente decoración. Es una ofrenda.
Mientras la procesión continúa, los fuegos artificiales iluminan por momentos las fachadas y anuncian desde lejos que la Virgen se aproxima. A los lados de las calles algunos rezan, otros cantan y muchos simplemente permanecen en silencio observando.
Entre la solemnidad también aparece la fiesta
Los aromas de la comida acompañan el recorrido. En las calles se ofrecen antojitos, tamales, atoles, aguas frescas y los tradicionales muéganos de Huamantla, bañados con piloncillo y canela.
Pero detrás de todo aquello existe algo todavía más profundo.
La Noche que Nadie Duerme comienza mucho antes del 14 de agosto.
Durante semanas, e incluso meses, los vecinos se organizan, reúnen recursos, acuerdan diseños y distribuyen tareas. Participan abuelos, padres, jóvenes y niños.
Alguien prepara las plantillas.
Alguien tiñe el aserrín.
Alguien traza.
Alguien rellena.
Alguien vigila que ningún descuido estropee el trabajo.
Así, casi sin darse cuenta, una generación enseña a la siguiente algo que va mucho más allá de la técnica para elaborar un tapete.
Le enseña a pertenecer.
Durante unas horas la calle se convierte en taller, punto de reunión, espacio sagrado y memoria colectiva.
La madrugada avanza.
La Virgen continúa su recorrido mientras detrás de ella desaparecen lentamente las obras que toda una comunidad preparó para recibirla.
Finalmente comienza a amanecer.
Nuestra Señora de la Caridad regresa a su basílica.
Los últimos fuegos artificiales se apagan. Las calles comienzan a vaciarse y los vecinos, agotados, recogen los restos de aserrín y flores.
Horas antes aquellas calles estaban cubiertas por verdaderas obras de arte.
Ahora casi no queda nada.
Y quizá ahí se encuentre el verdadero sentido de esta celebración.
Porque los tapetes desaparecen.
La noche termina.
Los visitantes se marchan.
Pero permanece algo mucho más difícil de borrar: la tradición de un pueblo que, cada año, vuelve a trabajar durante meses para preparar un camino que durará apenas unas horas.
Después, por fin, Huamantla duerme.
Y comienza a esperar nuevamente a la Señora de la Caridad.
Por Sergio Palma, colaborador
Nota proporcionada por Conexión Turística


