Hay lugares en el mundo que no necesitan inventarse una historia y las Grutas de García son uno de ellos. Enclavadas en la Sierra del Fraile, a tan solo 30 kilómetros de Monterrey, este santuario subterráneo fue formado hace más de 60 millones de años, cuando el mar cubría lo que hoy es el norte de México, y dejó en sus paredes la huella fósil de un mundo que ya no existe.
Según nos contó uno de sus guías, en1843, la familia Marmolejo, que buscaba leña por la zona, dio con una cueva y avisó al sacerdote Juan Antonio Sobrevilla, quien quedó atónito ante aquel laberinto de cavernas que parecía esculpido por manos invisibles. Ese hallazgo fue el inicio de una historia de fascinación colectiva. El sitio abrió al turismo en 1948, y desde entonces el Estado de Nuevo León asumió su administración, convirtiendo las grutas en patrimonio vivo de todos los mexicanos.
Recorrerlo abarca unos dos kilómetros y unos 750 escalones (más que los del Peñol de Medellín), que serpentean entre salas de nombres tan evocadores como «El Teatro«, «El Infierno» y «La Mano del Muerto«. Con una iluminación estratégica se combina la majestuosidad natural con la sensación de viajar en el tiempo, convirtiendo cada curva del sendero en una nueva revelación.
Las formaciones de estalactitas y estalagmitas, junto con otras figuras nacidas del aragonito, la calcita, la piedra caliza, el yeso y el mármol, crecen apenas una pulgada cada cien años. Cada columna, cada cortina de piedra, cada aguja que cuelga del techo es, literalmente, un monumento al tiempo. La temperatura interior se mantiene en 18 grados centígrados todo el año, lo que convierte a las grutas en un refugio fresco y constante, ajeno al calor del norte de México y al paso acelerado del mundo exterior.


